Mi primera vez, por @San.tierno
Mi primera vez en África. Todo surgió una mañana cuando mi gran amigo y socio Pedro me llamó para lanzarme una propuesta inesperada:
—¿Qué te parecería si nos vamos a Sudáfrica una semanita? Para conocerlo, verlo, disfrutar de sus paisajes, su entorno, su gente y su cultura.
Al principio me quedé un poco alucinado. ¿Cómo podía decirme de repente que nos fuéramos a África? Pero no lo dudé:
—Pedro, adelante, me uno.
Desde pequeño siempre había sentido fascinación por África. Pasaba horas viendo documentales y soñando con ser uno de esos reporteros que los grababan, recorriendo la sabana con la cámara al hombro para captar la majestuosidad de los leones, el poder de los elefantes y la vida salvaje en su estado más puro. No sabía cómo se llamaba ese trabajo exactamente, pero sabía que quería estar allí, en primera línea, viviendo la aventura.
Apenas dos o tres meses antes del viaje empezamos con los preparativos. Esa misma tarde compramos los vuelos. Vi que era un viaje largo, casi 16 horas con escala en Doha, pero la aventura llamaba y sabíamos que sería un viaje especial.
Llegó el gran día. Subimos al avión llenos de nervios. Nos tomamos una cerveza antes de despegar y nos preparamos para la travesía nocturna Madrid-Doha. Dormir en un avión nunca es fácil, así que llegamos agotados a la escala, pero la ilusión podía más que el cansancio. Unas horas después, por fin, aterrizamos en Johannesburgo. Ya estábamos en el continente negro.
En la puerta nos esperaba nuestro guía, quien nos acompañaría durante toda la semana. Yo llegué algo tocado del estómago, lo que hizo que el trayecto de tres horas y media hasta nuestro lodge no fuera tan cómodo como esperaba. Pero todo se me olvidó cuando llegamos. El paisaje, la luz, los olores… África te recibe con los cinco sentidos.
El lodge superó nuestras expectativas. Nada más llegar nos sirvieron una comida típica: caldereta de impala con una pasta local que estaba deliciosa. Aquella primera noche dormí profundamente y a la mañana siguiente ya me sentía mejor. Entonces empezó la verdadera aventura.
Salimos en coche al amanecer para nuestro primer safari. Impalas, cebras y ñus aparecían en los primeros kilómetros. El guía nos enseñaba a identificar huellas, árboles y plantas. A media mañana hicimos una parada en un waterhole, ocultos en un blind, una cabaña perfectamente integrada en la naturaleza. Allí, mientras desayunábamos tortilla francesa, bacon, yogur y un poquito de lomito Santierno —que habíamos llevado desde España, como no podía ser de otra manera, el mejor de nuestros productos— vimos llegar a los primeros animales para beber agua. Era mágico.
Los días siguientes siguieron la misma dinámica: madrugar, salir al campo, caminar, descubrir especies nuevas y disfrutar de la inmensidad de la naturaleza africana. Hasta que llegó uno de los momentos más esperados: nuestra visita al Parque Nacional Kruger.
Allí vi por primera vez elefantes. Me quedé sin palabras. Desde niño había soñado con aquel momento. También vimos leones, hipopótamos y todo tipo de antílopes. Cada día traía una sorpresa nueva y cada atardecer parecía pintado con pinceles de fuego y oro.
Tras siete días, la conclusión es clara: África se te mete en el corazón y no se va jamás. Sus paisajes, su fauna, sus gentes y su cultura son únicos. Y lo que comenzó con una llamada de Pedro se convirtió en uno de los viajes más especiales de mi vida.
África no se cuenta, se vive. Pero intentaré seguir haciéndolo en este blog.
@San.tierno